lunes, 18 de abril de 2016

0513


Y no entiendo de encuentros y ganas, pero de las despedidas anunciadas algo tengo de memoria
La evidencia enmarcaba con rosas lo claro del final y entre la noche y un camino incierto el puente perpetuó los segundos del encuentro.
Mis ojos buscaban al pasajero de las noches débiles, allí entre ellos los cuerpos de almas desechables; y sin duda, ahí nosotros, siendo uno más.
Como si me conociera el alma yo le devolvía sentidos, esos mismos que se incendiaban con el humo que se impregna en los ojos, asesinos de la clara posada de la luna, asesinos del pasar del tiempo. Mi cuerpo de alguna forma receptor de sus movimientos, aunque en la verdad encausada, yo me veía volar más lejos para escapar de una vez.
Su boca chocaba a mi aliento cuando ni siquiera me reconocía en sus brazos pues quería asesinar antes de latir cada sensación. Dentro de lo inverosímil de su sentido entendía que era solo el encuentro de los desafortunados, y su posición orbitada, me hacía suponer que lo único que guardaba su corazón era el temor de verse abandonado. No alcancé a entenderle pues ni yo sabia las preguntas a mis respuestas – ¡ahhh sí!, ¡No todo está hecho de poesía!… en fin, tenía que bajar a la realidad pues la presunción estaba hecha – De vez en cuando me asaltaban las ganas enormes y fugaces de romper mi estúpido acuerdo de descender, desistir y olvidar – pues solo los que olvidan están condenados a recordar – pero cada momento se me hacía más inmenso que el mismo final.
Muerta entre las vigas me deslice al final de la flor, dispuesta a navegar más profundo para encontrar su temeroso ser… pero fue cuando ya no había más que mis ojos mirando al techo y mi cuerpo entumecido al despertar.


Corría en desesperación/ Pero ya era mañana y me moría por volverlo a ver.


N.

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